Nadie lo notó.
Yo reía, saludaba a todos, subía historias en Instagram y hasta hacía chistes en clase. Era "el alegre", "el que siempre tiene energía". Pero todo era una actuación.
Lo que nadie sabía es que cada noche, al cerrar la puerta de mi cuarto, me quitaba la máscara. Me sentaba en el suelo, encogido, sintiendo que me deshacía por dentro. Lloraba sin saber exactamente por qué, con una tristeza pesada que no tenía forma, pero sí presencia.
Me sentía vacío, como si estuviera en automático. Me levantaba, me duchaba, iba a la universidad, hacía todo… pero nada me emocionaba. Los mensajes los dejaba en visto. Las tareas las hacía por obligación. Comer ya no me importaba.
Hubo un día que fue diferente. Peor.
Me quedé en la cama todo el día. Apagué el celular. Cerré las cortinas. No quería que nadie me hablara. Pensé: “Si desapareciera, ¿alguien lo notaría?”
Esa noche fue larga. Oscura. Dolorosa. No hice nada drástico, pero sentí que toqué fondo. Y fue ese fondo el que, curiosamente, me hizo despertar.
Al día siguiente, fui al mismo lugar de siempre, pero con otra decisión: hablar. No con todos, no con cualquiera. Con una persona. Le dije: “No estoy bien”. Y fue la frase más difícil y valiente que he dicho.
Desde ahí no todo mejoró de inmediato. Pero ya no estaba solo.
Si tú estás leyendo esto y te sientes igual, te lo digo con todo el corazón: habla. No te calles. No todo el mundo entenderá, pero alguien sí. Y eso puede salvarte.
A veces, contar la historia es el primer paso para empezar a escribir una nueva.